martes, 17 de mayo de 2016

Cadáver exquisito



Cadáver exquisito  2016-05-15

Pero, en el pueblo vecino

Nunca la lluvia brilló tanto.

La despedida fue necesaria/ para cerrar la historia.

Quisiera saber
      
                Si mis palabras te han servido.


                                                    La primavera se asoma.



Perla-  Francesco- Mariela- Ianara- Susana 

2016. Una sensación agradable, un cuento de Omar D'Agostino






Una sensación placentera

Viejo y pobre,  y solo vivo encerrado en medio del bosque. A pesar de todo, me siento muy bien aquí; La casa es acogedora, con una gran chimenea, que hay que alimentar con troncos de leña seca; pero que produce un calor reconfortante, que se distribuye por todos los ambientes. Lo que me permite en invierno, dormir bien, sin demasiadas cobijas, que me producen una sensación de ahogo; asimismo puedo saborear el delicioso café matinal, acompañado de huevos de codornices fritos, que yo mismo recojo en el monte que rodea la casa, la cuál se mantiene templada, con el fuego de la noche, cosa que aprovecho, para arreglar la cama, limpiar la cocina, barrer las cenizas, y otra tareas más propias de mujeres, que no dispongo, y por lo tanto debo afrontar. Además el sol, con sus rayos luminosos, derrite la nieve de junio, y me permite salir, a intentar sacar agua de la bomba, para llevar al cobertizo dónde pernotan mi yegua de montar, y mi vaca lechera, junto a algunas aves y animales menores.
No sé muy bien si mis días son monótonos, aburridos o únicos, no lo sé a ciencia cierta, lo único que sé, es que pasan rápido, y que viviendo solo a dos leguas de un pequeño poblado, tengo que utilizar la sesera para mantenerme, sin depender tanto de mi pobre jubilación; por eso cuando el tiempo lo permite, cargo mis arneses de pesca, y camino dos km. al norte, por una senda estrecha, entre pinos, abedules, y toda clase de malezas, hasta una laguna grande y mansa, de la cuál con bastante paciencia, me proveo de sabrosos peces, que he aprendido a asar en ese mismo lugar, con lo cuál, me alimento, no gasto dinero y no ensucio la casa, que es lo que más me interesa. Siempre retorno para la hora de alimentar los animales, y de encender la estufa para la noche, que acorto con un buen libro, algún café, y alguna copita de coñac. A veces, se me da por pensar, que no es bueno lo que estoy haciendo, puesto que he abandonado todo lo que mi difunto padre atendía diariamente con devoción; así es que no me he ocupado del monte frutal, compuesto por durazneros, cítricos, higos, manzanos y peras, y hasta una vieja parra, que aún produce racimos, pese a la falta total de atención que le dispenso. También sé, que debería darle una mano de pintura a la vieja casa y un poco de cal al cobertizo y a los palos del alambrado. Me prometí, no con mucha convicción, que a la mañana siguiente, empezaría a ocuparme. Tuve un sueño reparador y tranquilo, como si todo aquello que había cavilado, me hubiese infundido una paz, que hacía mucho no experimentaba.
Amaneció, un día frío pero luminoso, el sol de las ocho, me daba en la cara a través de los vidrios medio sucios del ventanal que miraba al naciente; aún se sentía el calorcito que brotaba del rescoldo de las brasas en el hogar. Como era mi costumbre, intentaba lavarme en la bomba del patio, el agua fría me despejaba totalmente y me dejaba nuevo, para encarar el día con ganas y alegría, o sea que bien podría agradecerle al sol, lo que estaba viviendo…
Tendría más o menos 20 años, cuando abandoné esta casa paterna, dejando a mis padres en absoluta soledad y desesperanza; mi único hermano, había actuado de la misma forma. A los tres años de su partida recibimos la noticia de su fallecimiento, en un accidente marítimo, como a cien kms. de la costa de Ushuaia, esto nos dejo a los tres en un estado de desesperación imposible de describir, mi madre prácticamente murió con él ese mismo día, y no le vi jamás una sonrisa, además de que permanentemente la encontraba llorando en cualquier rincón de la casa; mi padre estaba en el mismo estado de angustia, pero no lo demostraba, lo que me hacía pensar que eso le producía más daño interior, no poder demostrar su dolor, para darle algo de valor a mamá.
Prácticamente la casa estaba habitada por tres fantasmas, que no tenían, otra comunicación que monosílabos obligados, como , los buen día y hasta mañana, no se escuchaba radio, ni televisión, ni gritos ni risas de ninguna especie, todo lo cuál nos hacía más daño día a día, pero no encontraba la forma de revertir, tan angustiante situación.
En las noches, eran casi, tan terribles como los días, puesto que nadie podía conciliar un sueño reparador, insomne en mi cama, oía los pasos de papá por la cocina, y el llanto quedo y desgarrador de mi madre en la cama, en el amanecer de cada día la veía mas pequeña y más ojerosa; y lo triste era que por más que pensara no conseguía hilvanar algún tipo de consuelo o alivio para semejante tortura, tampoco lo consiguieron los médicos y los fármacos que le recetaron.
Pasaba horas enteras solo, cavilando, y cada vez se hacía más carne en mi, la idea de