Una sensación placentera
Viejo
y pobre, y solo vivo encerrado en medio
del bosque. A pesar de todo, me siento muy bien aquí; La casa es acogedora, con
una gran chimenea, que hay que alimentar con troncos de leña seca; pero que
produce un calor reconfortante, que se distribuye por todos los ambientes. Lo
que me permite en invierno, dormir bien, sin demasiadas cobijas, que me
producen una sensación de ahogo; asimismo puedo saborear el delicioso café
matinal, acompañado de huevos de codornices fritos, que yo mismo recojo en el
monte que rodea la casa, la cuál se mantiene templada, con el fuego de la
noche, cosa que aprovecho, para arreglar la cama, limpiar la cocina, barrer las
cenizas, y otra tareas más propias de mujeres, que no dispongo, y por lo tanto
debo afrontar. Además el sol, con sus rayos luminosos, derrite la nieve de
junio, y me permite salir, a intentar sacar agua de la bomba, para llevar al
cobertizo dónde pernotan mi yegua de montar, y mi vaca lechera, junto a algunas
aves y animales menores.
No sé
muy bien si mis días son monótonos, aburridos o únicos, no lo sé a ciencia
cierta, lo único que sé, es que pasan rápido, y que viviendo solo a dos leguas
de un pequeño poblado, tengo que utilizar la sesera para mantenerme, sin
depender tanto de mi pobre jubilación; por eso cuando el tiempo lo permite,
cargo mis arneses de pesca, y camino dos km. al norte, por una senda estrecha,
entre pinos, abedules, y toda clase de malezas, hasta una laguna grande y
mansa, de la cuál con bastante paciencia, me proveo de sabrosos peces, que he aprendido
a asar en ese mismo lugar, con lo cuál, me alimento, no gasto dinero y no
ensucio la casa, que es lo que más me interesa. Siempre retorno para la hora de
alimentar los animales, y de encender la estufa para la noche, que acorto con
un buen libro, algún café, y alguna copita de coñac. A veces, se me da por
pensar, que no es bueno lo que estoy haciendo, puesto que he abandonado todo lo
que mi difunto padre atendía diariamente con devoción; así es que no me he
ocupado del monte frutal, compuesto por durazneros, cítricos, higos, manzanos y
peras, y hasta una vieja parra, que aún produce racimos, pese a la falta total
de atención que le dispenso. También sé, que debería darle una mano de pintura
a la vieja casa y un poco de cal al cobertizo y a los palos del alambrado. Me
prometí, no con mucha convicción, que a la mañana siguiente, empezaría a
ocuparme. Tuve un sueño reparador y tranquilo, como si todo aquello que había
cavilado, me hubiese infundido una paz, que hacía mucho no experimentaba.
Amaneció,
un día frío pero luminoso, el sol de las ocho, me daba en la cara a través de
los vidrios medio sucios del ventanal que miraba al naciente; aún se sentía el
calorcito que brotaba del rescoldo de las brasas en el hogar. Como era mi
costumbre, intentaba lavarme en la bomba del patio, el agua fría me despejaba
totalmente y me dejaba nuevo, para encarar el día con ganas y alegría, o sea que
bien podría agradecerle al sol, lo que estaba viviendo…
Tendría
más o menos 20 años, cuando abandoné esta casa paterna, dejando a mis padres en
absoluta soledad y desesperanza; mi único hermano, había actuado de la misma
forma. A los tres años de su partida recibimos la noticia de su fallecimiento,
en un accidente marítimo, como a cien kms. de la costa de Ushuaia, esto nos dejo
a los tres en un estado de desesperación imposible de describir, mi madre
prácticamente murió con él ese mismo día, y no le vi jamás una sonrisa, además
de que permanentemente la encontraba llorando en cualquier rincón de la casa;
mi padre estaba en el mismo estado de angustia, pero no lo demostraba, lo que
me hacía pensar que eso le producía más daño interior, no poder demostrar su
dolor, para darle algo de valor a mamá.
Prácticamente
la casa estaba habitada por tres fantasmas, que no tenían, otra comunicación
que monosílabos obligados, como , los buen día y hasta mañana, no se escuchaba
radio, ni televisión, ni gritos ni risas de ninguna especie, todo lo cuál nos
hacía más daño día a día, pero no encontraba la forma de revertir, tan
angustiante situación.
En las
noches, eran casi, tan terribles como los días, puesto que nadie podía
conciliar un sueño reparador, insomne en mi cama, oía los pasos de papá por la
cocina, y el llanto quedo y desgarrador de mi madre en la cama, en el amanecer
de cada día la veía mas pequeña y más ojerosa; y lo triste era que por más que
pensara no conseguía hilvanar algún tipo de consuelo o alivio para semejante
tortura, tampoco lo consiguieron los médicos y los fármacos que le recetaron.
Pasaba
horas enteras solo, cavilando, y cada vez se hacía más carne en mi, la idea de