Penas de
Oriente
………..Sí,
estoy solo, en medio de este prado, he vuelto; hace poco que he regresado, necesité hacerlo, tal vez sentí miedo al pensar que mis huesos, en ignota tierra pudieran
quedar sepultados o será el destierro
que ahora me pesa insoportable. Me fui muy joven de aquí, ni veinte tenía
cuando mi partida; pasó mucho tiempo después de aquél día, pero ¿qué es el
tiempo? me pregunto ahora, a veces dudo
hasta de que exista, ya que es
intangible y solo no es nada, si no hubiera cosas, si no hubiera vida, qué sería el tiempo? Yo veo los cambios, cambian las cosas y
cambia la vida, lo cierto es que estoy
nuevamente en mi casa, que ya no es la misma, acá vivíamos mis padres, mis
abuelos paternos y yo, ahora he quedado solo. Por vivir se muere, es
inevitable, y entonces ocurre. Todo este entorno también es distinto a lo que recuerdo, había otras casas, ésta no era la única como
hoy, mi memoria reconstruye un paisaje donde vivían también mis vecinos en las suyas, precarias como la
mía. Había ganado, huertos, praderas y
flores, quien más, quien menos hacíamos lo mismo. Los niños participábamos en
los trabajos rurales, aunque nosotros no lo veíamos como tal, era una forma de
vida, no una actividad laboral. Hoy ya no están aquellos prados con sus abejas,
los teros y los cardos, ni esas mariposas blancas y amarillas que abrevaban en
los charcos del verano tórrido, la gente tampoco está, se ha ido, algunos al pueblo, allí es
más moderno; creo que creyeron, hay
corriente eléctrica y otros elementos, es cosa muy cierta, yo no dudo de
eso. También la ciudad se llevó a unos cuantos, allí hasta la lluvia con su
olor a ozono que a mí me gustaba al igual que
a ellos, ahora es molesta, cosas que cambiaron, parece mentira. Otros
simplemente, viviendo se fueron.
Hoy no reconozco
mi paisaje, quedó como nunca, liso y rasado, nada sobresale, en él no
hay un árbol que pueda ufanarse de mirar desde alto sus palomas mansas cuidando las crías, ni un
molino gira, el viento está ocioso, ya
los barriletes no piden su ayuda. Todo ahora es verde, pero un verde bobo, con flores,
tacañas que hasta las abejas rechazan por
yermas y buscan en vano, como en
ese antaño, posarse en el trébol o libar ruidosas espinosos cardos.
Al llegar al pueblo recién me he enterado, no la conocía, cultivos de soja, según me
dijeron traída de oriente, yo en pasados años por allá he andado, he visto cuan viejo de
milenios es todo, de allí nada nuevo
creo yo que venga. Pensé que, a
la gente mucho serviría, seguro se come, creí
atolondrado, será como el trigo, el maíz, la leche, las papas, quizá se hará vino con lo cosechado. Yo me
dije entonces, si eso reemplazamos será con buen tino. Qué errado que estaba!
cuánta mi ignorancia! me han dicho en el pueblo que se exporta toda, así como
sale, sin tocarle nada, la llevan los chinos otra vez a oriente, la pagan con
dólares, eso sí que es bueno! dije en
arrebato, los repartiremos, no he aprendido nada, siempre fui un ingenuo. Es un
buen negocio y con eso basta, cosas del progreso, también me dijeron.
Está anocheciendo y se pone frío, coloco en
la estufa unas leñas secas de las tantas
ramas que las tormentas del pasado verano quitaron a los eucaliptus, aquellos que yo mismo planté
cuando niño y que han crecido hasta alcanzar esos altos nidos que las cotorras
tienen allá arriba, yo lo hice, de otro modo me costaría creer que aquellas
diminutas semillas de hace 50 años sean hoy estos gigantes y ahora sus pequeños
despojos son mi calor, linda simbiosis y qué simple, pienso mientras hago a un
lado las brasas y coloco papas, batatas
y una rodaja de calabaza que un ancestral impulso me lleva a cultivar en el
huerto que se erige lozano donde antes
balaron terneros, luego de una hora serán mi cena. Doy presión al Bram-metal a
kerosene y las sombras se alejan más allá del ventanal,
donde están los grillos.
Contemplo
las llamas, juego con las brasas, pero estoy pensando en eso de la soja, tal
vez exagero, quizá es posible que estos frutos
que veo dorarse con el calor envolvente de los eucaliptus hayan sido
reemplazados por los dólares de que me hablaron en el pueblo, yo no sé qué ha
pasado, pero acá no ha quedado nada ni nadie, sólo soja. Hasta esa chacrita, de
los Maturana, de aquí muy muy cerca pasando el camino que lleva hasta el
pueblo, los niños, los cuatro conmigo jugaban. Cuando ellos se fueron, después
que vendieron, con los nuevos dueños vinieron las máquinas, con oruga y pala,
un gran pozo hicieron y enterraron todo,
molino, corrales, galpones, frutales y hasta la tapera metieron al hoyo, ignominia y tumba para tanta historia.
Por eso me dicen que ahora no hay nada, nada más que el aire y soja sembrada
sobre la memoria que quedó enterrada.
Me duele
que la tierra sea hoy sólo un negocio, un
factor de producción, como dicen los economistas, aquellos de las
ecuaciones keynesianas que miden en
dinero la conducta humana, que la bañen con venenos químicos. Cuando me
contaron quedé conmovido, me han dicho al pasar que biocidas se llaman, ¡cuánta insensatez! ¡ matador de vida! con eso
me basta, no puede ser bueno quien mata la vida. Siento gran angustia, quiero
ir ahora, pero es noche oscura, mañana temprano llegaré hasta el pueblo,
volveré a mirarlo, hablaré a su gente, gritaré a los vientos, veré si convenzo
que es bueno que el aire, la tierra y el agua vuelvan a ser limpios, que los
niños jueguen, escuchen los pájaros corran mariposas, vuelen barriletes y dejen
que oriente sea lo que ha sido, un lugar lejano, bien desconocido.
Alberto Compañy
Taller Literario: Los Quirquinchos.
Coordinación: Susana Rozas 2016.








