Más triste
Un circo viejo
en las vías de mi pueblo.
Una postal que
se repetía, al menos una vez por año. Yo iba a verlos, pero nunca terminé de
disfrutarlos, al menos como se entiende tradicionalmente el disfrute por un
circo. Me quedaba colgado, como los trapecistas, aunque no de esas sogas que
presagiaban adrenalina y habilidad; sino de mi imaginación.
Qué había detrás de esos firuletes pintados en
las caras de los payasos? No puedo pensar otra cosa que una vida vacía. Esos
bufones personifican la más absoluta de las tristezas (jamás me reí con ellos).
La pareja de
contorsionistas eran amantes, sin duda. ¿Cómo no imaginarlos en una cama?
Una vez vino uno que anunciaba su atractivo
mayor: unos leones traídos del África septentrional, remarcando lo de septentrional,
seguramente por lo ampuloso de la palabra. Cómo sonaba la publicidad en esa
siesta de verano agobiante y silenciosa al son de la música de las chicharras.
Pero, al pasar
por el circo y verlos enjaulados, mirando con desgano, resignados, sin un atisbo
de rebeldía. Otra vez la tristeza me invadía inevitablemente.
Verlos desarmar
la carpa era otra parte del espectáculo. Lo hacían rápido, de forma automática,
como un chico tira un castillo de arena construido con paciencia por su padre.
Al final, la
partida. En caravana y silenciosa, solemne, seguida por unos chicos en
bicicleta que pedaleaban fuerte creyendo que esa fuerza alimentaba la ilusión
de volver a ver a esos artistas trashumantes.
Javier Martinich
Taller literario Los Quirquinchos 2015
Coordina: Susana Rozas




