martes, 24 de noviembre de 2015

Más triste, por Javier Martinich.




Más triste
Un circo viejo en las vías de mi pueblo.
Una postal que se repetía, al menos una vez por año. Yo iba a verlos, pero nunca terminé de disfrutarlos, al menos como se entiende tradicionalmente el disfrute por un circo. Me quedaba colgado, como los trapecistas, aunque no de esas sogas que presagiaban adrenalina y habilidad; sino de mi imaginación.
 Qué había detrás de esos firuletes pintados en las caras de los payasos? No puedo pensar otra cosa que una vida vacía. Esos bufones personifican la más absoluta de las tristezas (jamás me reí  con ellos).
La pareja de contorsionistas eran amantes, sin duda. ¿Cómo no imaginarlos en una cama?
 Una vez vino uno que anunciaba su atractivo mayor: unos leones traídos del África septentrional, remarcando lo de septentrional, seguramente por lo ampuloso de la palabra. Cómo sonaba la publicidad en esa siesta de verano agobiante y silenciosa al son de la música de las chicharras.
Pero, al pasar por el circo y verlos enjaulados, mirando con desgano, resignados, sin un atisbo de rebeldía. Otra vez la tristeza me invadía inevitablemente.
Verlos desarmar la carpa era otra parte del espectáculo. Lo hacían rápido, de forma automática, como un chico tira un castillo de arena construido con paciencia por su padre.

Al final, la partida. En caravana y silenciosa, solemne, seguida por unos chicos en bicicleta que pedaleaban fuerte creyendo que esa fuerza alimentaba la ilusión de volver a ver a esos artistas trashumantes.


                                               Javier Martinich


Taller literario Los Quirquinchos 2015
Coordina: Susana Rozas


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