lunes, 19 de octubre de 2015

La vida sin reloj, de Alberto Compañy

La vida sin reloj
….pero si acabo de acostarme. Y ya suena el timbre. Seis y cuarto. No puede ser. Siete y cuarto, acaso. Más cerca Ocho y cuarto. Este despertador será un portento de relojería suiza, pero sus agujas son tan finas que apenas si se ven. Nueve y cuarto. Tampoco. Los espejuelos. Diez y cuarto. Eso sí. Además, el día se pinta en color de media mañana sobre el amarillo de las cortinas…       sí, es verdad, ahora veo claramente, por esa convención humana que llaman hora, debo aceptar que son las Diez y cuarto. Pensando bien, qué puede significar que sean las diez y cuarto?, en todas partes son las diez y cuarto?; no, en Chile son las nueve y cuarto, en Italia son las tres y cuarto pero de la tarde, y que cambia eso? Si ahora el mundo decidiera explotar, unos moriríamos a las diez y cuarto, otros a las nueve y cuarto y otros a las tres y cuarto, y cuál sería la diferencia? Este uno de los tantos corsés que el hombre ha creído necesarios imponerse para vivir. Me parece ridícula la dependencia que el organismo más evolucionado del planeta tiene con un engranaje que sólo gira y que cual postas en el camino va ordenando cuándo se debe dormir, cuándo comer, cuándo salir, cuándo entrar, cuándo hacer el amor, y hasta cuándo morir; sí, tal cual, el reloj nos ha puesto fecha de vencimiento. Nacemos y pasados cincuenta mil giros de la agujitas quedamos fuera de la vida. Sin reloj no habría viejos, la gente moriría así de golpe no teniendo edad, sólo habiendo vivido, mucho o poco, eso es relativo, sí, relativo a cosas que por lo general dependen de uno mismo -siempre caben excepciones, claro-   La gente fue educada con el concepto de que ese guardia de nuestra vida es el coordinador de las relaciones en la sociedad y gracias a sus órdenes podemos hacer todos lo mismo simultáneamente, que no significa mejor. Admito que es así, pero no estoy de acuerdo con que sea así. Si lo estuviera aceptaría ser un soldado de tropa en un mundo militarizado, no habiendo para mí otra tarea que no sea obedecer a esa maquinita; una maquinita que me va descontando inexorablemente con cada uno de sus latidos, el tiempo que ya he gastado. Me rebelo ahora y acá, tengo deseos de dormir y lo haré, por lo demás, hay allí un mundo maravilloso, viviré en él con lo que él me dé, y comeré cuando me vengan ganas, y descansaré cuando esté cansado y buscaré a la gente cuando lo desee y moriré cuando llegue el día, y no sabré cuántos años tengo y entonces no seré joven ni seré viejo y…. no me importa, porque habré sido libre.

                                         Continuando a Alejo Carpentier.

                                Alberto Compañy

Taller Literario Los Quirquinchos 2015
Coordina: Susana Rozas.


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