miércoles, 10 de agosto de 2016

La nativité du '39. Francesco Savy

Taller Literario Los Quirquinchos


“La nativité du ‘39” (La navidad del ‘39)
  La tarde se prestaba para viajar al pasado. Béatrice, una anciana de 85 años residente del barrio de Flores, descansaba en su jardín, recostada en la reposera, bajo un gran ombú, observando detalladamente imágenes de un pasado anhelado. Mientras la brisa pegaba sobre su pecho, llenándola de nostalgia cuando recordaba sus delicadas vivencias en su madre patria, o como ella solía decir, la France. Observaba así, los recuerdos que un viejo baúl se encargó de guardar, momentos dorados destruidos por la oscuridad de la guerra.

  Cada foto era testigo de un momento clave en la vida de la entonces niña de pelo rizado. Fue así, como la atención de la anciana se fijó en una foto muy especial. El llanto no tardó en llegar y las lágrimas comenzaron a caer sobre la imagen, absorbiendo la tinta ya deteriorada y apagada por el paso del tiempo. La fotografía mostraba a toda la familia en “la campagne” (“la campiña”) nevada de los abuelos, como Béatrice solía llamarla cuando contaba anécdotas y vivencias a sus hijos y nietos en aquel lugar donde alguna vez fue feliz. En el centro de la foto se aparecían los abuelos, Louis y Élisabeth, a la derecha de la abuela, Gérard y Jacques, los padres de Béatrice. Al lado del abuelo, sus hermanas, Válerie y Nathalie, y de la mano de su madre, la joven Betty (como solían llamarla de niña)  de tan solo 8 años, fuertemente aferrada al regalo de navidad de sus abuelos, una muñeca alemana, de las mejores del momento. En el dorso de la fotografía, escrito con tinta y pluma de pavo, decía: “Nativité du ‘39” (“Navidad del ‘39”). Fue ahí cuando Béatrice comenzó a temblar y dejó caer la imagen sobre su regazo, mientras lloraba desconsoladamente. Fue aquella, la última navidad que Béatrice celebró junto a sus abuelos. La guerra y la invasión Nazi en Francia hicieron que Betty y su familia se muden a la Argentina en busca de una vida mejor, dejando atrás recuerdos, bienes, a su madre patria y a sus abuelos, todo por el simple hecho de ser judíos. 

  Repentinamente, el timbre sonó. La anciana secó sus lágrimas, guardó la foto y se dirigió a paso lento a la puerta. Era el cartero, quién traía un paquete de destinatario desconocido. Al cerrar la puerta, Béatrice comenzó a observar el regalo, si acaso se trataba de uno, y empezó a imaginar que habría dentro de él, finalmente optó por abrirlo. Primero rompió el papel delicadamente, mientras buscaba una dirección, tarjeta o información de quien pudiera haber enviado la misteriosa encomienda, éste solo tenía una estampilla que indicaba que procedía de Francia. Luego abrió la caja, cortando la cinta que pegaba la tapa con una tijera. Al ver lo que había dentro se quedó paralizada, su piel se erizó y dejó de respirar por un instante… era la muñeca alemana que sus abuelos le habían obsequiado en la navidad de 1939, en perfecto estado, con sólo algunos deterioros propios del tiempo, era exactamente su muñeca, ya que tenía las mismas ropas que su abuela le había tejido. La procedencia de Francia tenía sentido, porque esta era una de las tantas cosas que la familia se había visto obligada a dejar allí. La anciana tomo cuidadosamente a la muñeca y una serie de extrañas sensaciones corrieron por su cuerpo, nostalgia, alegría, tristeza y melancolía... Curiosamente, Béatrice comenzó a sentirse mareada y calló desplomada en el suelo frío de la sala… ¿Era acaso este su lecho de muerte?... lo cierto es que Betty comenzó a agonizar y momentáneamente se vio corriendo en la nieve, de niña, a campo travieso, sosteniendo con una mano a su muñeca alemana, mientras el viento pegaba en su cara agitando su cabello rizado. En eso se detuvo y oyó que alguien gritaba: ¡Betty! ¡viens chérie! (¡Betty! ¡Ven querida!), era su abuela, quién la llamaba para sacarse una foto en familia, para luego enviarle al resto de los parientes. Béatrice corrió y, mientras todos se acomodaban observando al tío Henri, quién tomaba la foto, se colocó  de la mano de su madre apretando fuertemente su muñeca. Fue entonces cuando la anciana dejó caer una lágrima sobre la foto, mientras la observaba muy emocionada, reposando en su jardín, dónde la brisa hacía caer las hojas del gran roble bajo el que se encontraba. En eso sonó el timbre: era el cartero, quién traía un paquete… 
                                                                                     
 Francesco Savy
















Coordinación: Susana Rozas

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