domingo, 2 de agosto de 2015

Dos relatos de Alberto Compañy


Taller Literario Los Quirquinchos 2015


Final para un cuento fantástico

…….Ella pasó a través de la puerta y desapareció…. El hombre no dijo nada, estuvo así unos segundos, el tiempo necesario como para que su cerebro procesara lo sucedido. Que una persona se inmaterializara y  atravesara una puerta también inmaterializada,  no podía ser real; aunque solo fuera por un instante, el suficiente como para que su mano buscara la dura madera que resistió inmutable el golpe de sus nudillos, que ahora doloridos, le mostraron otra realidad. Quedó mudo, lo invadía una rara sensación, ¿había sucedido lo que le repetía su cerebro y su retina aún  dibujaba? Dialogó consigo en un monólogo austero de palabras, casi monosílabos, sólo tenía sensaciones. Se esforzó por buscar una explicación racional. Él siempre fue racional, si hasta se definía como  agnóstico, diferenciándose del  ateo apelando a  un complicado análisis, que podía enriquecer recurriendo  al aprendizaje que sus lecturas de Sartre le  habían dejado. Ahora estaba solo en ese cuarto y la puerta cerrada sin picaporte no permitía ser abierta. Estaría vivo, o estaría muerto y esto sería la nada - se preguntó-, pero la nada no puede ser compatible con ese dolor punzante que parece perforarle la frente y esa humedad tibia que siente sobre los labios, tampoco con el zigzagueo continuo  que acompaña al agudo ulular de la sirena.

                                                  Alberto Compañy
Sola y su alma

Una mujer está sentada sola en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los seres han muerto. Golpean a la puerta…..siguió inmutable, en silencio, ahora  era  sólo un despojo que había perdido su humanidad y al hacerlo quedó detrás de todo, también de su pensamiento. Su voluntad no contaba, ya no existía, estaba presa en un pasado sin tiempo, en torno suyo todo era rojizo, su mundo, vacío, una ausencia de cosas y de seres que un persistente zumbido quería reemplazar. Su soledad comenzaba a poblarse de recuerdos, recuerdos de una niñez lejana, con su escuela rural y sus recreos y sus juegos y sus compañeros y la señorita Lidia que daba seguridad a su fragilidad de niña; pero que ahora no estaban, como tampoco estaban su madre y su tía Margarita con quienes una tarde compartió  gozosa el sonido de la lluvia sobre el techo de chapas de su casa de campo, mientras disfrutaba el sabor de las tibias tortas fritas que iban saliendo de la crepitante sartén. Tal vez, si al menos estuvieran sus cosas y sus juegos, su bicicleta y su perrita blanca, o aquel jardín de los jazmines y los rosales trepadores y los sauces y las calandrias con sus nidos y con su canto; pero no, estaba sola, sola con el zumbido y ese dolor agudo en el pecho y ese aire irrespirable que le irritaba los ojos. Por fin los golpes y la barreta derribaron la puerta, el piso y las cosas giraron.  Seguía sola,  el zumbido y el dolor  habían cesado, ahora sentía un extraño placer.
       Alberto Compañy

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