Taller Literario Los Quirquinchos 2015
Final para un cuento fantástico
…….Ella pasó a través de la puerta y
desapareció…. El hombre no dijo nada, estuvo así unos segundos, el tiempo
necesario como para que su cerebro procesara lo sucedido. Que una persona se
inmaterializara y atravesara una puerta
también inmaterializada, no podía ser
real; aunque solo fuera por un instante, el suficiente como para que su mano
buscara la dura madera que resistió inmutable el golpe de sus nudillos, que
ahora doloridos, le mostraron otra realidad. Quedó mudo,
lo invadía una rara sensación, ¿había sucedido lo que le repetía su cerebro y
su retina aún dibujaba? Dialogó consigo
en un monólogo austero de palabras, casi monosílabos, sólo tenía sensaciones.
Se esforzó por buscar una explicación racional. Él siempre fue racional, si hasta
se definía como agnóstico,
diferenciándose del ateo apelando a un complicado análisis, que podía enriquecer
recurriendo al aprendizaje que sus lecturas
de Sartre le habían dejado. Ahora estaba
solo en ese cuarto y la puerta cerrada sin picaporte no permitía ser abierta.
Estaría vivo, o estaría muerto y esto sería la nada - se preguntó-, pero la
nada no puede ser compatible con ese dolor punzante que parece perforarle la
frente y esa humedad tibia que siente sobre los labios, tampoco con el
zigzagueo continuo que acompaña al agudo
ulular de la sirena.
Alberto Compañy
Sola y su alma
Una mujer
está sentada sola en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los
seres han muerto. Golpean a la puerta…..siguió inmutable, en silencio,
ahora era sólo un despojo que había perdido su
humanidad y al hacerlo quedó detrás de todo, también de su pensamiento. Su
voluntad no contaba, ya no existía, estaba presa en un pasado sin tiempo, en
torno suyo todo era rojizo, su mundo, vacío, una ausencia de cosas y de seres
que un persistente zumbido quería reemplazar. Su soledad comenzaba a poblarse
de recuerdos, recuerdos de una niñez lejana, con su escuela rural y sus recreos
y sus juegos y sus compañeros y la señorita Lidia que daba seguridad a su
fragilidad de niña; pero que ahora no estaban, como tampoco estaban su madre y
su tía Margarita con quienes una tarde compartió gozosa el sonido de la lluvia sobre el techo
de chapas de su casa de campo, mientras disfrutaba el sabor de las tibias
tortas fritas que iban saliendo de la crepitante sartén. Tal
vez, si al menos estuvieran sus cosas y sus juegos, su bicicleta y su perrita
blanca, o aquel jardín de los jazmines y los rosales trepadores y los sauces y
las calandrias con sus nidos y con su canto; pero no, estaba sola, sola con el
zumbido y ese dolor agudo en el pecho y ese aire irrespirable que le irritaba
los ojos. Por fin los golpes y la barreta derribaron la puerta, el piso y las
cosas giraron. Seguía sola, el zumbido y el dolor habían cesado, ahora sentía un extraño
placer.
Alberto Compañy





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