Entradas en un diario
Miércoles 20/4/15
Querido Nicanor:
Quería escribirte,
siento la necesidad, ya que sos el único medio para expresarme. Hubiese
comenzado escribiendo “querido diario”; pero preferí darte una identidad para
sentir que verdaderamente me encuentro hablando con alguien, en este mundo en
el que sólo yo me encuentro inmerso.
Quizás debería
haber comenzado mucho antes. No me sentía preparado para hacerlo, tengo mucho
que contar, no sé siquiera si alcance el tiempo.
El dolor que me
invade no tiene fin, es un círculo que vuelve.
Los médicos me diagnosticaron trauma psíquico. La causa: exposición
personal directa por daño a la integridad física de otra persona, incapacidad
de ejercer control.
El recuerdo de
aquel sábado 15 de enero permanece intacto en mi memoria, cada detalle, cada
palabra. Hasta puedo sentir aún el aroma de la carne al horno que mi esposa,
Clara, estaba preparando, puedo ver las manecitas de Gloria, colocando la vajilla
nueva sobre el mantel bordado con violetas para ocasiones especiales. La voz de
Johnatan diciendo “viejo andá a bañarte que ya vamos a cenar”; la dulce vos de
Clara “Amor, ponete la camisa nueva que dejé sobre la cama. Hoy es un día
especial y vamos a celebrarlo. Ya veinte años juntos, disfrutando de esta
maravillosa familia que construimos”.
Todo parecía
perfecto. Besé a mis hijos y abracé, como nunca lo había hecho antes, a Clara,
sintiendo un amor inmenso, algo extraño me invadió, me detuve en sus brazos
gozando su calor, su perfume. Le obsequié las rosas rojas que a ella le
gustaban tanto. Las recibió con una sonrisa, sus ojos transmitían lágrimas de
felicidad.
Después, me di
una ducha para despejarme del atareado día. Ser bancario no es nada fácil, como
se cree. La gente está impaciente, siempre con ceños fruncidos enloquecidos por
llegar con los minutos contados, llegar al trabajo, llegar a tiempo para
preparar el almuerzo, para llevar a sus hijos a la escuela, llegar a hacer los
mandados, llegar a fin de mes, llegar, llegar y llegar. Hoy me pregunto qué es
llegar, llegar a dónde.
Me gustaba
observar a las personar, tratar de entenderlas a todos los que trataba
diariamente. Sentía sus preocupaciones, se reflejaban en su modo de hablar, sus
miradas, sus ademanes. No entendía por qué el agobio no les permitía esbozar
una sonrisa o un simple saludo de amabilidad; todos estaban en sus mundos. Hoy
yo me encuentro en el mío; quizás pueda comprender a alguno de ellos.
Hoy, sentado en
este sillón, solo, aislado de la sociedad, vuelvo a revivir aquella fecha en
que mi vida daría un giro de 180º.
Cuando terminé
de alistarme, recordé que faltaba el vino preferido de Clara.
En este mismo
sillón, junto a la ventana, después de cenar, cuando los chicos ya dormían, y
nos pusimos a rememorar entre risas y sollozos de alegría, el momento en que
nos conocimos.
Éramos felices
ya que, para mí la felicidad está hecha de esos momentos.
Eran las once de
la noche cuando, desde la puerta grité “vuelvo en cinco minutos”.
Fui al quiosco
más cercano que quedaba a un par de cuadras pensando en el vino que quería
comprar. Había tres personas delante de mí y doña Pepa, bastante charlatana se
demoraba su buen tiempo con cada uno.
Llegó mi turno, compré el mejor vino y retomé el regreso.
Esta parte de la
historia es la que más me cuesta escribir porque hasta hoy no pude hablar de
ello.
Pero,
por hoy es momento de despedirme. Hasta mañana o quizás, hasta que encuentre
valor para escribir lo sucedido. Adiós, Nicanor. Sé que pronto nos volveremos a
encontrar.
23/5715
Querido Nicanor:
Hoy estuve
meditando sobre lo ocurrido. Puedo sentir el latido de mi corazón que ejerce
más de pulsaciones que nunca. Creo que, al fin, me encuentro preparado para
contar lo sucedido; es muy difícil, al no poder hablar de ello, sólo los
recuerdos vagan en mi cabeza.
Como te conté en
mi entrada anterior, fui al kiosco y al regresar a casa presentí que algo no
andaba bien.
La puerta estaba
abierta de par en par, olor a quemado salía del interior. Me detuve imaginando
lo peor, no me atrevía a ingresar, caminé despacio. Era como si mis pies no me
dejaran avanzar. Quedé en la puerta, unos instantes paralizado, sentí un frío
estremecedor invadiéndome. Respiré profundamente y me encontré allí parado en
el comedor, no puedo explicar cómo temblaba, dejé caer la botella. Ninguno de
mis sentidos respondía, ni siquiera tuve la capacidad de llorar. Tanta
impotencia aún hasta hoy.
Gloria y
Johnatan se hallaban en el suelo con sus frágiles cuerpos indefensos, cubiertos
de sangre. Parecían dormidos., pero no era así. Mi Clara abrazando sus cuerpos
rendidos, con sus lágrimas empapando su rostro, esbozando sus últimas palabras:
“perdón, no pude. No pude protegerlos”, mientras se iba lentamente y la sangre
llenaba todo. En ese instante no pude reaccionar, no quise ver lo que a mi
alrededor estaba ocurriendo. Todo se tornó oscuro y un silencio se incorporó en
mi ser. Sentí que era un sueño, nada podía ser real.
Aún me pregunto por qué no lo hice, por qué no
me arrojé en sus brazos sin pensar, diciéndoles cuánto los amaba, cuánto los
necesitaba, que no se vayan. Pero todo quedó dentro mío.
Perdón por no
protegerlos, me dijo. Qué ironía. Yo debí haber estado allí, no hubiera salido
de casa. Hubiera defendido con uñas y dientes a mi familia. Sólo yo, pero no lo
hice. Qué karma llevaré hasta el último día de mi vida.
La policía no
supo encontrar a los culpables. Ya han pasado cinco meses, sólo abundan
especulaciones. Yo sin poder hablar con mil palabras y bronca atragantadas que
me ahogan hasta dejarme sin respiración.
Por las noches
me despierto transpirado, sin nadie a mi alrededor. Llamo a Clara, a los niños
sin obtener respuesta, recorro las habitaciones, simulo que aún están ahí. A
veces siento que es tiempo de soltarlos, de dejarlos ir. Y me cuesta, Dios sabe
cuánto me cuesta; sé que es egoísta pero soy sólo un ser humano perdido, sin
nadie.
Puedo sentir, en
este momento una lágrima en mi rostro, puedo verla en el papel. Estoy atónito.
Me despido Nicanor, hasta la próxima charla, mi amigo.

Taller literario Los Quirquinchos
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