jueves, 6 de agosto de 2015

Un café amargo. Silencio tras la lluvia, Alberto Compañy

Taller literario Los Quirquinchos 2015
Coordina: Susana Rozas

Un Café Amargo
   Recién caía la noche y el aire tenía ese componente que, la  percepción de  quienes vivimos o hemos vivido en los ambientes rurales, nos hace presagiar una  inminente tormenta.  Mis colegas de cátedra de la universidad,  por ser más jóvenes que yo, o por provenir de extractos urbanos, no tenían a la meteorología  en sus observaciones. Lo que sí compartían conmigo era el tenso ambiente que el reciente derrocamiento del gobierno constitucional había instalado en los ámbitos estudiantiles y en todas partes  donde se ejerciera el pensamiento crítico.
   Los carteles cubrían casi todos los espacios, paredes, puertas, árboles, hasta debí desplazar uno para poder seguir adelante. Todos expresaban consignas concluyentes, intransigentes, no negociables, todas  repudiaban el  estado actual de la universidad. Más allá, en el anfiteatro, la asamblea estudiantil debatía entre discursos y arengas en una cacofonía ensordecedora. Me detuve un momento. De la caótica oratoria emergían claramente: pueblo, obreros, cipayos, oligarquía, Che, Fidel, Perón, que al coronar intervenciones de los participantes transponían los límites del recinto y quedaban rebotando en mis oídos, como el fondo de la lluvia que ya repicaba  en los techos.
   Me dirigí al gabinete de mi cátedra de Biología Molecular, la clase no podría darse esa noche, lo mismo ocurría con las otras, las de mis colegas, el Dr. Albio profesor de Química biológica y la licenciada Marta Sotelo, Adjunta en Patología Viral. Los tres dejamos nuestros materiales, sacudimos el polvo de tiza del amplio escritorio,  y contemplando el café, que como excusa nos habíamos servido, abordamos el único tema del que podía hablarse en esas circunstancias, la situación política, no ya de la universidad, sino del país.

   Las cátedras – dijo muy reflexivo el Dr. Albio- deben ser formadoras de técnicos, de profesionales, de científicos, de políticos; en fin, de la avanzada del país, y sólo pueden alcanzar sus objetivos en un marco de total libertad de acción y de expresión.  Claro, asentí, y eso está ahora en peligro, cuando se censuran los contenidos, no sólo por lo que expresan, sino también por quienes los expresan. Miré a nuestra colega, quien pareció continuar el pensamiento cuando agregó: el conocimiento es universal, una vez logrado pierde pertenencia, es de la especie humana. Hizo una pausa, iba a seguir, pero quedó en silencio, un silencio demasiado largo, los tres oímos lo mismo, gritos, golpes, corridas, insultos. Tacos de botas y puerta derribadas. Siguieron  monólogos  de órdenes. Luego, mis manos engrilladas, mi espalda dolorida en extremo. Lo demás fue tristeza, tristeza de un calabozo, tristeza de una maleta, tristeza de un adiós sin despedida, tristeza de un futuro arrebatado.

               Alberto Compañy






Silencio tras la Lluvia
   Caía ya la noche en una ciudad que dejaba el trajín rutinario de una jornada más, como todas quizás, sin otra diferencia que la aportada por la  mansa lluvia que comenzaba a caer sobre las calles con vehículos y peatones presurosos. La soledad se iba adueñando de  ese bullicioso centro  que ahora quedaba mojando su abulia. En esa monotonía sólo emergía  el viejo edificio de la Universidad, que se empeñaba en desmentir el fin de la jornada, allí iban  llegando jóvenes que parecían desconocer la lluvia que a otros hacían apurar su marcha.
   Eran días en que las expresiones políticas de los partidos tradicionales habían sido silenciadas en los medios de comunicación, los  que únicamente reflejaban el pensamiento del gobierno militar  que tras el golpe a la constitución se había instalado, y alguna que otra rimbombante noticia deportiva que ocupaba las tapas de los diarios. En ese silencioso escenario los carteles, pancartas y graffitis que, con consignas políticas hostiles al gobierno ocupaban todo el frente del edificio universitario, rompían la monótona uniformidad. Y a ello, seguramente habrá  obedecido aquella desmedida presencia uniformada que munida de largos bastones golpeaba descomedidamente a estudiantes y profesores a medida que iba colmando con ellos la capacidad de los vehículos blindados con que se los llevaron. Luego todo quedó en un silencio que ahora sí, armonizaba con el resto de la ciudad.
   Los diarios apenas si se ocuparon del caso al día siguiente, lo hicieron relatando un hecho que había contribuido a mantener el orden público y el derecho a estudiar, otra cosa no dijeron. Tampoco  en los días subsiguientes dijeron, que el aeropuerto tuvo una inusual actividad y que desde Ezeiza se fue para siempre, una parte del futuro Argentino.

                                       Alberto Compañy

  

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