Coordina: Susana Rozas
Un Café
Amargo
Recién caía la noche y el aire tenía ese
componente que, la percepción de quienes vivimos o hemos vivido en los
ambientes rurales, nos hace presagiar una
inminente tormenta. Mis colegas
de cátedra de la universidad, por ser
más jóvenes que yo, o por provenir de extractos urbanos, no tenían a la
meteorología en sus observaciones. Lo
que sí compartían conmigo era el tenso ambiente que el reciente derrocamiento
del gobierno constitucional había instalado en los ámbitos estudiantiles y en
todas partes donde se ejerciera el
pensamiento crítico.
Los carteles cubrían casi todos los
espacios, paredes, puertas, árboles, hasta debí desplazar uno para poder seguir
adelante. Todos expresaban consignas concluyentes, intransigentes, no negociables,
todas repudiaban el estado actual de la universidad. Más allá, en
el anfiteatro, la asamblea estudiantil debatía entre discursos y arengas en una
cacofonía ensordecedora. Me detuve un momento. De la caótica oratoria emergían
claramente: pueblo, obreros, cipayos, oligarquía, Che, Fidel, Perón, que al
coronar intervenciones de los participantes transponían los límites del recinto
y quedaban rebotando en mis oídos, como el fondo de la lluvia que ya
repicaba en los techos.
Me dirigí al gabinete de mi cátedra de
Biología Molecular, la clase no podría darse esa noche, lo mismo ocurría con
las otras, las de mis colegas, el Dr. Albio profesor de Química biológica y la
licenciada Marta Sotelo, Adjunta en Patología Viral. Los tres dejamos nuestros
materiales, sacudimos el polvo de tiza del amplio escritorio, y contemplando el café, que como excusa nos
habíamos servido, abordamos el único tema del que podía hablarse en esas
circunstancias, la situación política, no ya de la universidad, sino del país.
Las cátedras – dijo muy reflexivo el Dr.
Albio- deben ser formadoras de técnicos, de profesionales, de científicos, de
políticos; en fin, de la avanzada del país, y sólo pueden alcanzar sus
objetivos en un marco de total libertad de acción y de expresión. Claro, asentí, y eso está ahora en peligro,
cuando se censuran los contenidos, no sólo por lo que expresan, sino también
por quienes los expresan. Miré a nuestra colega, quien pareció continuar el
pensamiento cuando agregó: el conocimiento es universal, una vez logrado pierde
pertenencia, es de la especie humana. Hizo una pausa, iba a seguir, pero quedó
en silencio, un silencio demasiado largo, los tres oímos lo mismo, gritos,
golpes, corridas, insultos. Tacos de botas y puerta derribadas. Siguieron monólogos
de órdenes. Luego, mis manos engrilladas, mi espalda dolorida en
extremo. Lo demás fue tristeza, tristeza de un calabozo, tristeza de una
maleta, tristeza de un adiós sin despedida, tristeza de un futuro arrebatado.
Alberto Compañy
Silencio tras la Lluvia
Caía ya la noche en una ciudad que dejaba el
trajín rutinario de una jornada más, como todas quizás, sin otra diferencia que
la aportada por la mansa lluvia que
comenzaba a caer sobre las calles con vehículos y peatones presurosos. La
soledad se iba adueñando de ese
bullicioso centro que ahora quedaba
mojando su abulia. En esa monotonía sólo emergía el viejo edificio de la Universidad , que se
empeñaba en desmentir el fin de la jornada, allí iban llegando jóvenes que parecían desconocer la
lluvia que a otros hacían apurar su marcha.
Eran días en que las expresiones políticas
de los partidos tradicionales habían sido silenciadas en los medios de
comunicación, los que únicamente reflejaban
el pensamiento del gobierno militar que
tras el golpe a la constitución se había instalado, y alguna que otra
rimbombante noticia deportiva que ocupaba las tapas de los diarios. En ese
silencioso escenario los carteles, pancartas y graffitis que, con consignas
políticas hostiles al gobierno ocupaban todo el frente del edificio
universitario, rompían la monótona uniformidad. Y a ello,
seguramente habrá obedecido aquella
desmedida presencia uniformada que munida de largos bastones golpeaba
descomedidamente a estudiantes y profesores a medida que iba colmando con ellos
la capacidad de los vehículos blindados con que se los llevaron. Luego todo
quedó en un silencio que ahora sí, armonizaba con el resto de la ciudad.
Los diarios apenas si se ocuparon del caso
al día siguiente, lo hicieron relatando un hecho que había contribuido a
mantener el orden público y el derecho a estudiar, otra cosa no dijeron.
Tampoco en los días subsiguientes
dijeron, que el aeropuerto tuvo una inusual actividad y que desde Ezeiza se fue
para siempre, una parte del futuro Argentino.
Alberto Compañy





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