domingo, 2 de agosto de 2015

La casa de Perla Sequeira.

La casa

Ahora no hablo más que de noche...Me la paso hablando sola...Hablando...postergando mi muerte.
. Una casa no... una casa no... vacía no se justifica, y se transforma en algo monstruoso, contra natura... peligrosísimo... se llena de sombras.
Lo cierto es que envejezco, y si hay algo más triste que eso, sin dudas es saber que lo hago en soledad. Me estoy deteriorando lentamente, sí, las casas también envejecemos y cumplimos años, tenemos un ciclo de vida mucho más prolongado que el de un ser, pero al fin y al cabo nuestros años pesan y pasan factura, al igual que a ustedes, los hombres. 
Así y todo acá estoy, a pedazos, como puedo, pero estoy al fin. Mi pintura de a poco se fue arruinando, lo que significó para mí tener que aprender a convivir con la hedionda humedad que se filtraba por mis poros  y va consumiendo mis inmaculadas paredes blancas. 
Ella, mi dueña, trató de arreglarme colgando retratos, obviamente este esfuerzo fue en vano ya que las fotografías no llegaron a cubrir ni la mitad de esas horrorosas manchas, pero debo admitir que sabían disimularlas. Aunque todavía no se qué era lo que me preocupaba, si al final nadie iría a visitarla; ya nadie entraba aquí. Éramos solo nosotras dos.
Creo que al igual que ella, yo también estaba triste, y algo me hacía suponer que nuestros motivos eran semejantes, las dos nos sentíamos abandonadas, solitarias y tristes... ya nadie se preocupaba por nosotras, o mejor dicho, ya nadie se preocupaba por mí, porque ella seguía manteniendo sus vínculos amistosos. Pero a mí... a mi nadie me cuidaba, ni me limpiaba, ni se interesaba por mí. Estábamos cansadas, cansadas de muchas cosas, ella con sus asuntos y yo con los míos. 
Solía verla en la habitación, acurrucada en su cama, envuelta en sollozos y lágrimas. Fueron momentos en los que mi único anhelo era poseer brazos para acariciarla y poder consolarla. Luego de varias horas de un llanto maratónico, se reincorporaba a su estado natural y volvía a pasearse por la cocina, por mis pasillos y a veces hasta salía a la vereda. Era una mujer sencilla, preparaba el mate con dedicación y se sentaba en mis sillas a distraerse con la televisión, la radio, o quizás un libro también. Pero cuando la noche caía, lo hacía también la tristeza y la soledad... la rutina. Volvía a la habitación y acto seguido repetía con exactitud cada movimiento, cada palabra que soltaba en voz baja, cada lágrima que dejaba caer. 
No la culpo por su tristeza, de hecho, todos tenemos días de melancolía y pesimismo, pero suelen ser solo días. Su caso se tornaba rutinario, enfermante y desgarrador, lentamente iba gastándola, y al estar tan sumida en su depresión se olvidaba de mí. 
¡Qué pena! Sería una casa ideal si estuviera bien mantenida. Sí, es verdad, soy espaciosa y puedo albergar a quien la visite, parientes o amigos quizás. Soy cómoda, tengo varias habitaciones y hasta un buen garage. Tengo un lindo patio con bellísimas plantas, muy coloridas y alegres. Mi ubicación es buena, estoy en el centro y tengo varios almacenes cerca, una farmacia y hasta puedo darme el lujo de mirar al frente y ver el gran parque que se impone ante mí. Pero no, estoy abandonada, sola y olvidada. Mi tejado pasó de ser naranja a verde, el musgo acabó cubriéndolo totalmente. Las persianas ya no se abren y la luz natural no volvió a tocar mi interior, con lo hermosa y dulce que es. El rosal de la vereda, ya casi marchito, busca sus últimas chances de vida con el rocío que lo acaricia por las noches.
Tantas veces intenté explicarle a ella que no todo era malo. Que había cosas pequeñas del día a día que podían ayudarla a seguir; Una canción, las charlas con sus vecinas, sus libros, los consejos de sus amigas... pero no, ella no lograba despojarse de sus penas. 
Con el correr de los días ella iba mejorando, o quizás solo estaba un poco menos triste, hasta que un día recayó. Traté de ser una casa acogedora, afable, intenté ser cariñosa con ella, más allá de que no lo notara, quise protegerla, sabía que eran tiempos difíciles y que su situación era cada vez más delicada, desalentadora, todo se volvió más dificultoso para ella, y como consecuencia, más preocupante para mí. 
Por momentos solía pensar que si ella compartía conmigo su tristeza, se le haría menos pesada, aunque yo también estaba triste, pero no se me ocurría otra cosa, y esto me desesperaba. 
El piso sumergido en la tierra ya no se veía, la escoba estaba aburrida, ya nadie la usaba y hacía tiempo había dejado de cumplir su función, su única función, al igual que todas las otras cosas, al igual que yo, que hacía tiempo había dejado de ser una casa para pasar a convertirme en un simple y despreciable refugio. 
Un día ella se fue. La vecina entró a visitarla pero ella no estaba, así que simplemente decidió irse. Volvió al día siguiente y repitió la secuencia de hechos tal como el día anterior. 
Fui dueña de un secreto durante tres días; supe algo que nadie sabía o mejor dicho, que nadie había notado. Quise frenarla, lo juro, pero ya era tarde, ella ya se había ido, y una parte de mi alma también, si es que alguna vez tuve una. Sí, fue demasiado tarde, Celia se marchó y no volvería... nunca más. 

    Perla Sequeira


Taller Literario Los Quirquinchos 2015
Coordina: Susana Rozas.


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